Las compras por internet nos han vendido una ilusión: tener acceso a todo aquello que deseamos a un clic de distancia. Y la moda rápida (fast fashion) y ultrarrápida (ultra fast fashion) nos ha vendido otra: la abundancia infinita a un precio muy muy reducido. Pero este acceso y bajo precio también tienen su coste.
El ultra fast fashion se caracteriza por catálogos que cambian diariamente—entre el 40% y el 70% de las piezas que podemos encontrar tienen menos de tres meses de antigüedad—, colecciones que se multiplican —se producen entre 35.000 y 100.000 artículos nuevos cada día— y un flujo constante de novedades que activan el FOMO —cada día se añaden entre 700 y 1.000 modelos nuevos—. Pero este fenómeno no es casualidad: es una máquina diseñada para hacernos comprar más de lo que necesitamos, más rápido y más a menudo. Cuanto más fácil nos lo ponen, más se alimenta el ciclo consumo ↔ derroche, generando una cultura del exceso.
Cómo decíamos, el bajo precio de estos productos tiene un coste bastante elevado: si nos centramos en el planeta, ¿que implica esto?
El desperdicio de agua que provoca la industria textil, especialmente la de la moda rápida, a escala global es brutal. El agua se usa tanto para los cultivos de algodón, como para los procesos de tintura u otros procesos industriales como los lavados que gastan decenas de litros para cada una de las prendas de ropa. A la vez que pasa esto, hay millones de personas en el mundo que viven bajo escasez de agua. Es una contradicción obscena: se venden “tendencias” efímeras que se producen con recursos que no lo son.

También es relevante destacar el impacto de la huella de carbono. Cuando alguien compra ropa que viaja por avión está pagando con emisiones “invisibles”: y sí, en muchos casos se envía por medios aéreos porque los marítimos, a pesar de ser menos contaminantes y más económicos, son más lentos y el ultra fast fashion premia la velocidad por encima de cualquier otro aspecto. La comodidad de tener aquello que se compra ahora y aquí tiene costes directos para el clima. Todavía se agravia más si sabemos que el 60% de la ropa que se compra, se tira antes de que pase un año. Es decir, se genera un gran impacto medioambiental por un producto que tendrá una vida útil muy corta, y que además alimenta la necesidad de comprar nuevos productos.
Estos centenares de toneladas de residuos de ropa tienen un impacto concreto, material. No es una cosa etérea: por ejemplo, en el desierto de Atacama en Chile, hay lo que se conoce como “cementerio de ropa”. Toneladas de prendas de ropa apiladas como si el planeta fuera un contenedor sin fondo. Es el punto final de una cadena de sobreproducción y contaminación. Y todavía más: se pueden encontrar noticias que explican que en algunos suburbios urbanos hay gente que usa residuos textiles para calentarse, quemándolos (más económico que comprar leña u otros materiales). Además, los contaminantes que se derivan de quemar textiles son mayores, puesto que son hechos básicamente con productos derivados del petróleo (en algunos casos se superan los límites establecidos de contaminantes permitidos en la Unión Europea).
La industria ultra fast fashion vende velocidad y novedad, pero esconde el precio real: paisajes devastados, derroche de agua, emisiones innecesarias y una generación de residuos que crece más deprisa de lo que podemos gestionar (y todavía menos, necesitar). Lo qué es barato para una persona nos sale caro a todas.
Si sabemos qué hay detrás de una prenda de ropa ultra fast, ¿estamos dispuestas a continuar alimentando este ciclo o queremos vestir un futuro diferente?


