No son un producto nuevo, pero en la última década los videojuegos se han ido haciendo más y más populares, invadiendo cada vez más dispositivos (de los ordenadores a las consolas pasando por los teléfonos móviles y las tabletas). Una disponibilidad absoluta que, mezclada con la gratuidad del acceso a muchos juegos, hace que para muchas personas sean la primera opción cuando piensa en cómo ocupar el tiempo libre y el ocio.
Cuando hablamos de videojuegos debemos pensar más allá de la consola y los videojuegos clásicos. Hoy en día, encontramos de todos los tipos (de estrategia, de simulación social, individual, en pareja o en grupo, con gente conocida y desconocida, de circuito cerrado o de mundos abiertos, y… muchas más opciones). Pero también lo son aquellos que no nos lo parecen: hay que pensar en todos aquellos minijuegos del móvil, o no tan minis, que quizá parecen inofensivos (porque parecen menos juegos, porque son para pasar ratos pequeños, porque juega todo el mundo) pero partida tras partida captan la atención durante horas. Y a veces también el dinero.
Tienen su punto…
Los videojuegos tienen muchas posibilidades: puedes estar solo o sola en la habitación, con colegas en el local, desconectada de todo (de los estudios, del trabajo, de la familia) o formar parte de multitud de mundos virtuales.
Al igual que hay gente que para relajarse, evadirse y pasarlo bien va a la montaña, hace deporte (no electrónico) o se pone a tejer, los videojuegos son también un recurso para otros.
Lo único que hay que hacer es jugar y conseguir pasar a la siguiente pantalla, resolver un reto, sobrevivir, ganar la carrera o el partido… Proporcionan una gran satisfacción al haber conseguido estas pequeñas “metas”, aunque, para quien te ve desde fuera y no lo entiende, pueda parecer que sólo estás pulsando botones o golpeando la pantalla.
Algunos juegos pueden contribuir a desarrollar algunas habilidades (hay quien las llama soft skills), por ejemplo:
- La creatividad; alimentando nuestra imaginación entrando en mundos totalmente distintos, o que incluso podemos crear nosotros.
- La resolución de problemas; cuando no dejamos las cosas a medias, y nos enfrentamos a los retos que nos plantean con constancia (hasta que no lo supere no paro).
- El trabajo en equipo, el liderazgo y las habilidades comunicativas; cuando jugamos a un videojuego que requiere coordinación con un equipo o con otros jugadores (que conozcamos o no).
Qué hay detrás…
Detrás de la mayoría de videojuegos, especialmente los más populares, existen unas pocas grandes empresas que dominan el mercado mundial.
Se firman grandes contratos de publicidad para que las jugadoras y jugadores sean bombardeados con anuncios: publicidad integrada en el videojuego, interacción con productos reales, videojuegos de marcas como elemento publicitario en sí mismo…
Hay juegos gratuitos y juegos que requieren de un pago para obtenerlos, pero en la inmensa mayoría de videojuegos se deben realizar otros gastos para poder acceder a todo el contenido: expansiones, DLCs, vidas/tiempo extra, avanzar más rápido…
El mundo de los videojuegos nos permite conectar con otros mundos, pero no desconectamos del todo de lo que nos rodea; a veces lo más nocivo de nuestro entorno se reproduce de forma más cruda en el juego, como es el caso del machismo.
Las narrativas de los juegos son también importantes. Algunos videojuegos pueden tener una apariencia inofensiva o una estètica cuqui pero tener narrativas que no lo son en absoluto. O pueden basarse en hechos históricos reales pero creando nuevas narrativas, que pueden confundir los hechos con otros intereses.
Se puede llegar a banalizar la violencia. Es más que evidente que muchos de los videojuegos más conocidos, más jugados y que más beneficios aportan a las empresas que los desarrollan se construyen sobre la violencia, consiguiendo que ésta cada vez escandalice menos a la gente.
Existen multitudes de videojuegos, pero a la vez existe una gradación (o rango) de videojuegos en donde algunos tienen mayor reputación que el resto; parece que algunos juegos (por ejemplo, los de simulación social) son menos juegos que el resto, o que los minijuegos de los móviles no son videojuegos… (¡y lo son!) Estas distinciones se sustentan en visiones sexistas y clasistas y dejan “fuera” a mucha gente.
Si no jugamos…
Ganaremos tiempo para dedicarlo a otras cosas, ya no estaremos todo el rato pendientes de la pantalla. Así, podremos cultivar otras aficiones o hobbies.
Evitaremos vincularnos demasiado a una marca o videojuego en concreto; ligarnos demasiado a una franquicia, o a una narrativa, puede hacernos vulnerables a diferentes situaciones (publicidad, gasto desmedido, apuestas, estafas, etc. generique ).
No caeremos en las trampas de creer que cuanto más jugamos más rápido avanzaremos, cuando la única forma de hacerlo a menudo es pagando dinero.
Podremos descansar bien e irnos a dormir a una hora razonable.
Si jugamos…
Debemos preguntarnos… ¿Por qué jugamos? No todas las veces el deseo de jugar viene del mismo sitio: ¿es para desconectar un rato y relajarse, o para evitar pensar en otras movidas y enterrarlas?
Antes de ponernos a jugar, pensar en lo que debemos hacer primero puede ser interesante por si perdemos la noción del tiempo después. Si es algo que no puede esperar mucho, hagámoslo antes, pongámonos un tiempo límite al juego y sigámoslo.
En caso que estemos pensando en adquirir algo, pensamos por adelantado en qué gasto queremos hacer dentro del videojuego y para qué. ¿Realmente aporta algo? ¿Esto nos evitará después pagar impulsivamente? Piensa que en el momento tenemos toda la atención en el juego y somos más influenciables en el calor del momento.
Elegimos desde qué dispositivo queremos jugar, porque no es lo mismo jugar a un videojuego del móvil, que en la consola o en el ordenador. Y no hace falta que lo vayamos pasando a diferentes dispositivos y nos lo llevemos a todas partes; a veces está bien dejar el juego en casa cuando salimos, o en el bolso cuando volvemos.
Decidimos con visión crítica a qué tipo de videojuego le queremos dedicar nuestra atención: ¿un videojuego bélico es la mejor idea? ¿Si tratan a las mujeres como objetos de consumo es un buen videojuego? ¿Nos interesa dar la pasta a estas empresas en concreto?
Si tenemos un mal día, tenemos angustia o tristeza, jugar a videojuegos quizás no debería ser el primer recurso para superarlo (a riesgo de que se convierta en un recurso habitual cuando nos sentimos así). Los videojuegos no dan ninguna garantía de que harán sentirnos mejor, y quizás incluso acumulamos más frustración o rabia.
Tengamos en cuenta que a veces hay gente que utiliza el anonimato para insultar, pasarse o desahogarse con los demás. No nos quedamos observando o lo pasamos por alto porque es «parte del juego»; podemos decidir cómo es la comunidad de los juegos que nos gusta, procurar cambiar y mejorar esa comunidad o, si no nos sentimos bien, cambiar, directamente, de comunidad. Si el juego es “tóxico” ¿qué sentido tiene jugar? Nada es excusa para agredir.
Vigilamos no tener reacciones desmedidas si una partida no va como esperábamos, ya sea en un videojuego individual como si jugamos en grupo; sobre todo no lo pagamos con el resto. Así que tomémonoslo con filosofía y con calma y tengamos claro que, aunque nos encante y nos emocione, sólo es un juego (a fútbol se juega en un polideportivo y no en una pantalla; por las calles se va caminando, no atropellando a gente con un coche…).
Si queremos jugar con nuestras amistades, mejor en grupo de forma presencial, que conectada cada una desde su casa.
Si estamos pensando en convertirnos en profesionales, tengamos cuidado de que la fantasía de esta profesionalización no nos domine y acabemos pensando que, fácilmente y desde casa (sólo invirtiendo todas las horas que tengamos), conseguiremos ser el próximo mayor jugador o jugadora de nuestro videojuego, obviando o ignorando incluso los retos reales y las cuestiones negativas que rodean al mundo de la profesionalización de los videojuegos.
Prestamos especial atención cuando…
Cuando soy incapaz de controlar el rato que me paso ante la pantalla, o no respeto los propios límites que yo me he puesto.
No soy capaz de controlar el dinero que me gasto, bien sea dentro del videojuego o fuera, pero vinculado a éste (merchandising o productos tecnológicos por ejemplo).
Cuando mi rendimiento académico o laboral disminuye por la atención que dedico a los videojuegos y por tanto dejo de dedicarla a otras cosas.
Cuando no jugar me provoca angustia o mucho malestar.
Cuando paso de lo que ocurre a mi alrededor: las conversaciones de los colegas o que me avisen para ir a cenar por ejemplo.
Cuando construyo toda mi identidad en torno a quien soy en el videojuego.
Me dicen constantemente que juego demasiado (incluso buenas amistades o personas en las que confiamos) y eso me provoca mal rollo.
Cuando me flipo un poco y me creo el o la mejor y, por tanto, cuando una partida no va bien, siempre es culpa del resto o, incluso, del juego. También cuando soy incapaz de pensar o hablar de otros temas o me dejo llevar por pensamientos que, a ratos, son poco racionales (sobrevaloración de la importancia de las habilidades y la demostración que hago…).
Siempre pospongo u olvido otras obligaciones o actividades necesarias: dormir, comida, higiene (o las condiciono a los horarios del juego).
Cuando realizo otros consumos ligados al videojuego: bebidas estimulantes, porros, tabaco… y no lo controlo (o ni me doy cuenta). También, si mezclo el uso de videojuegos con hacer apuestas (relacionadas o no) y pierdo la perspectiva de que es sólo un juego.

