Nuestros cerebros son fascinantes. Funcionan de maneras muy complejas, pero no siempre estos mecanismos complejos son infalibles o resultan en la mejor opción para nosotros. Y algunos de estos mecanismos pueden tener mucho que ver en cómo se enfrenta alguien al «juego».
En este sentido, en torno a los juegos de azar y las apuestas hay diferentes tipos de creencias que se han ido elaborando, a veces de forma individual (pero compartidas con otras, ya que nuestros cerebros funcionan de formas similares), a veces en grupo (ideas o incluso prácticas que compartimos con amistades y familia), o incluso colectivamente (por parte de la sociedad y sus sistemas diversos).
Por ejemplo, en nuestra sociedad, no es extraño pensar que algunos objetos nos dan buena suerte (un colgante, un recuerdo, un calzoncillo especial) o que «desafortunada en el juego, afortunada en el amor». Que quizás tengo un bolígrafo-amuleto que nos da más posibilidades en el examen. Que tengo números “de la suerte” o que si repetimos las cosas de una manera determinada, como haciendo un pequeño ritual, repetiremos la «suerte» de aquella vez.

Algunas de estas creencias son bastante inofensivas y nos sirven para centrar nuestro estrés o nervios en un objeto o ritual externo y así se nos hace más ligero y nos sentimos con más posibilidades o capacidad de que las cosas vayan bien; operan como mecanismo o herramienta de superación. Pero cuando estas «distorsiones» de lo real empiezan a interferir y condicionar en los juegos de azar y apuestas, nos pueden llevar a tener problemas bien reales.
Por ejemplo, pensar que podemos controlar la «suerte», que tenemos «rachas» de buena o de mala fortuna que empiezan y acaban o que la suerte se equilibra y se compensa… nos puede llevar a tomar malas decisiones que no nos… beneficien demasiado.
Puede parecernos que esto de la suerte es poca cosa, pero estas creencias erróneas o distorsiones cognitivas afectan a más cuestiones. Por ejemplo, en la lotería y en la idea de si hemos estado o no cerca de ganar. Podría parecer que si nosotros tenemos el 76543 y toca el 76542, hemos estado muy a punto de ganar, a solamente 1 número! Cuándo en realidad, a nivel de probabilidad es exactamente lo mismo tener nuestro número que el 99999, el resultado es exactamente el mismo: hemos perdido y realmente no hemos estado nada cerca de ganar (o lo hemos estado tanto como si nos hubiera tocado el 99999).

Esta falsa sensación que se genera también puede parecernos inofensiva, pero sólo la idea de «casi ganar» nos refuerza las ganas de jugar. Del mismo modo que lo hace si creemos que sabemos jugar cada vez «mejor». Y que recordemos de forma sobredimensionada estas veces que ganamos o «casi», guardando un recuerdo más intenso y “satisfactorio” que todas las veces (que son muchas más) que hemos perdido (en lo material pero también, en la fantasía).
Por lo general, sólo el hecho de creer que puedo ganar a menudo, confiar en una capacidad o habilidad para «ganar» o en el azar (como si pudiera predecir la máquina, o vencer a la probabilidad, o burlar los algoritmos), ya es en sí una distorsión cognitiva. Y aquí sí que no hay nada de inofensivo.
Esta entrada continúa la serie empezada con este post y que ha continuado con este y este otro post.

