“No consumo cada día, por tanto, no tengo ningún problema, no tengo una adicción.” Es una frase que quizás hemos escuchado. Y este punto de vista es comprensible. Durante mucho tiempo hemos asociado la adicción a imágenes extremas: consumo diario, pérdida total de control, deterioro físico visible. Pero la realidad es mucho más compleja. Especialmente, si hablamos de cocaína.

Hay personas que no consumen cada semana, ni siquiera cada mes, y aun así mantienen una relación problemática con la sustancia. La cocaína puede enganchar de una manera que a menudo cuesta ver, especialmente en primera persona.

La adicción no siempre es diaria

Cuando hablamos de adicción, a menudo pensamos en una dependencia física, en la idea de que es el organismo el que se habitúa en la sustancia y la necesita para funcionar, que la reclama. Pero por ejemplo, en el caso de la cocaína, el mayor peso lo tiene lo que se llama la dependencia psicológica. Es decir, la necesidad mental, el vínculo que se construye entre una substancia y determinadas sensaciones, momentos o emociones.

Así, es posible tener una adicción sin consumir todos los días la sustancia. La adicción no se define sólo por la frecuencia de consumo, sino por la relación: hasta qué punto el consumo condiciona decisiones, planes, expectativas o estados de ánimo.

¿Qué hace la cocaína en el cerebro?

Podemos decir que la cocaína actúa directamente bloqueando el transporte de dopamina (neurotransmisor relacionado con el placer y la motivación) durante la sinapsis, por tanto se aumenta la concentración de ésta y se amplifica su señal y efecto sobre las neuronas. Este hecho se asocia directamente a la experiencia eufórica de la cocaína, así como a los efectos reforzadores de esta conducta.

El cerebro recuerda muy bien esta sensación intensa y rápida, y aprende que la cocaína es un atajo eficaz para «sentirse» bien, seguro o capaz. Con el tiempo, no engancha tanto el placer en sí, sino el recuerdo del placer y la promesa que se repetirá. Esto explica por qué el vínculo con la cocaína puede mantenerse aunque el consumo sea esporádico.

Cuando no consumes, pero piensas en ello

En este punto, es necesario hablar de un concepto clave: el craving. Podemos definirlo como el deseo intenso de volver a consumir una sustancia, en este caso la cocaína. A menudo actúa como una anticipación, es decir pensar en la cocaína antes de salir o pensar en ella cuando se está bebiendo, aunque no se esté «de fiesta» propiamente.

Este deseo suele asociarla automáticamente, por ejemplo, al consumo de alcohol, a la fiesta o a aguantar más. Imaginar el consumo como parte imprescindible del plan, aunque después no siempre se materialice. Así pues, el craving es una cara de este fenómeno complejo que es la adicción, incluso cuando no se da el consumo. Porque la sustancia ya ocupa un espacio mental principal, incluso está de forma más o menos constante en el pensamiento.

Es decir, aunque no se consuma con la frecuencia que hay en el imaginario popular sobre la adicción, la relación problemática con la cocaína no comienza con excesos, sino con límites poco claros: un “sólo muy de vez en cuando”, “sólo en ciertas ocasiones”, “sólo cuando toca” que se van moviendo, haciendo más común.

Algunas señales de alerta no tienen que ver con la cantidad, sino con el discurso que se hace con uno o una misma: cuesta decir no si la ofrecen, siempre hay justificaciones constantes para consumirla, se echa de menos el día que no hay y se piensa que habría sido más divertido o más de provecho, o hay frustración cuando no se toma.

El estigma de la adicción

Hablar de adicción todavía activa mucha culpa, porque es un concepto muy criminalizado y estigmatizado. Y aunque tengamos un pensamiento crítico al respecto, creyendo que no tenemos prejuicios sobre el consumo de drogas, la adicción se asocia con una carga muy negativa hacia uno mismo o una misma.

La adicción no es una debilidad personal, ni falta de carácter o fuerza de voluntad. Tiene que ver con muchas otras cosas, algunas tan distintas entre sí como la forma de funcionar del cerebro, el contexto social, la presión del grupo, la disponibilidad de la sustancia o haber experimentado traumas.

A menudo se tiende a pensar que «si todo funciona, no hay problema». Pero tener una vida funcional no exime de la adición. Así pues, no se trata de poner diagnósticos o etiquetas, sino de hacerse preguntas honestas: ¿consumo porque quiero o porque toca? ¿Puedo disfrutar igual sin consumir? ¿Qué función real tiene la cocaína cuando consumo? ¿Algo de mi consumo me genera malestar?