Los últimos datos recogidos entre la población de entre 15 y 64 años reflejan que las mujeres consumen más psicofármacos, con receta y sin, que los hombres, con diferencias de hasta un 8% (podría parecer un porcentaje bajo, pero cuando hablamos de consumo de sustancias, es mucho). Además, en los últimos años se está reduciendo la edad de inicio de consumo, tanto en mujeres como en hombres, e históricamente las mujeres inician antes estos consumos.

Estos datos nos provocan una pregunta: ¿por qué hay más mujeres que hombres que toman psicofármacos, con receta o sin? No es una pregunta cualquiera; por ahora es la única sustancia en que pasa esto, y la única que las mujeres inician el consumo antes de que los hombres.

Os avanzamos que no tenemos una respuesta sencilla ni definitiva. Pero sí que conocemos algunos factores que sabemos son importantes y que contribuyen a este fenómeno. Con las sustancias las cosas siempre son más complejas del que parecen.

La medicalización del malestar

En los últimos 10 años el porcentaje de población que consume psicofármacos no para de crecer. Esto se explica por diferentes factores, pero uno de ellos es que nos encontramos en un momento, y una sociedad, en que se está medicalizando los malestares y las emociones vinculadas a estos. Es decir, actualmente se consideran patológicos estados o situaciones que hasta el momento se consideraban cotidianas o dentro de la “normalidad”, hasta el punto de ser tratables con medicamentos.

Por un lado, muchos de estos malestares se pueden relacionar con situaciones concretas como la precariedad laboral, el estrés o el burn out, las dobles o triples jornadas laborales, la falta de vivienda digna, las violencias machistas, y muchas otros.

Pero, por otro lado, el diagnóstico se centra en los síntomas de la persona, es decir, en los malestares y emociones. Así, cada vez se reconocen con más facilidad como enfermedad estados emocionales relacionados con sentirse mal.

Esto entronca con una tendencia histórica de relacionar los malestares emocionales con emociones que se han considerado “femeninas”, tales como la angustia o la ansiedad. Los hombres, de manera habitual y aprendida, han tendido a expresar menos las emociones, o a hacerlo otras maneras a través de la expresión de rabia, violencia y agresividad, que no se relacionan con ningún diagnóstico de este tipo y, consecuentemente, no se piensa en un fármaco para combatir esta sintomatología.

La salud mental en juego

Parece ser una creencia popular, pues, que las chicas tienen más problemas de salud mental. Casi como si tuvieran una salud más “débil” a este respeto. Pero esto no es cierto.

Un hecho demostrado es que todavía vivimos en una sociedad patriarcal que afecta diferente a hombres y mujeres. Y es innegable que las mujeres y otras identidades disidentes, sufren una situación de desigualdad hacia los hombres. Y aquí, más allá del género, se pueden sumar otros ejes de desigualdad, como lo son la clase social, la racialización, el bagaje migratorio…

Y una situación de desigualdad es muy probable que comporte un mayor malestar, y, por tanto, una situación más vulnerable en cuanto a la salud mental. Es fácil comprender que vivir con condiciones de vida más precarias tenga una relación con situaciones de malestares y sufrimiento. A veces, tanto en mujeres como en hombres, el fármaco puede ser útil, pero también lo podría ser la mejora de condiciones laborales y sociales que causan este sufrimiento o malestar.

Diagrama de los ejes de opresión de la interseccionalidad

La interseccionalidad tiene que ver con todo aquello que nos ocurre, así que es importante conocer los ejes de opresión que poden operar sobre las personas

Sesgos de género en los diagnósticos

Y el patriarcado, también ha afectado históricamente y afecta a la ciencia encara hoy en día. Es un hecho que existe un sesgo de género en la investigación médica: es decir, se ha estudiado y se estudia menos sobre las afecciones de salud en las mujeres. Durante décadas las mujeres eran excluidas de los estudios clínicos (por motivos muy diversos), y se daba por hecho que estudiante a los hombres ya era suficiente, que se estudiaba un universal que serviría para ambos.

Actualmente, ya no es así, pero continúa existiendo este sesgo de sexo y género que se expresa de diferentes maneras: se incluyen menos mujeres que hombres en los ensayos clínicos (incluso en el estudio sobre animales -que tendríamos que discutir cómo son de éticos- se usan más machos que hembras!), se continúa actuando del mismo modo sobre mujeres, hombres y personas no binarias ante las mismas afecciones de salud a pesar de saber que puede haber condicionantes biológicos que interactúan con la respuesta a tal tratamiento, invisibilización de enfermedades que solo o sobre todo afectan a las mujeres…

Y sesgo de género aparece también cuando, ante una misma situación que sí que requeriría un abordaje igualitario, se hace un abordaje diferente. Por ejemplo, cuando se trata de escuchar y valorar la validez de los síntomas relatados de uno o una paciente. A veces se tiende a relacionar los sufrimientos de una mujer con un diagnóstico de salud mental, descartando otras afectaciones de salud, mientras que a los hombres se los hacen pruebas complementarias, se los deriva a más especialistas y no se los receta un fármaco como primera opción.

¿Más psicofármacos para las chicas?

Todos estos factores que hemos comentado pueden contribuir al hecho que se receten más psicofármacos a las chicas que a los chicos en situaciones de malestares emocionales, que se diagnostique más rápidamente a las chicas por cuestiones de salud mental y se los recete pautas de medicación (a pesar de que esto no quiere decir recibir acompañamiento psicológico o psiquiátrico con la misma rapidez) o también que se sobremedique a las chicas con más facilidad. Estamos hablando especialmente del uso de benzodiacepinas (como el diazepam o el alprazolam) o incluso de antidepresivos (como la sertralina, la fluoxetina, el citalopram, etc.).

Estos elementos a la vez pueden contribuir al hecho que muchas mujeres y chicas normalicen el uso de los psicofármacos como un recurso rápido para situaciones emocionales complejas o malestares mentales que todavía no tienen un diagnóstico, y tomen de forma no prescrita, es decir, sin receta. Incluso que se recomiende o facilite entre ellas. Quizás una tia, queriendo ayudar a su sobrina, le da unas pastillas que tiene al botiquín y que alguna vez le han servido cuando tiene un mal día.

Los malestares i el sufrimiento no tienen porque estar vincluados siempre a un diagnóstico de salud mental y al consumo de psicofármacos.

¿Y si no son psicofármacos, qué?

Los psicofármacos pueden contribuir a sostener una situación de malestar, a mejorar una sintomatología o a aumentar la calidad de vida de la persona que los tiene que tomar. En muchos casos y también con relación a diagnósticos complejos de salud mental, los psicofármacos pueden ser necesarios e incluso imprescindibles.

Es importante tener en cuenta que los psicofármacos vienen con efectos secundarios y con riesgo de generar dependencia. Y estos riesgos se pueden agraviar cuando se toman sin receta o fuera de una pauta establecida.  Y más todavía si se mezclan con otras sustancias.

Y también es cierto que en algunos casos pueden existir, incluso de manera complementaria, alternativas a la medicalización (especialmente las situaciones de sobremedicalización que comentábamos arriba): se puede optar por la terapia psicológica, para construir espacios de apoyo mutuo, generar entornos seguros y comunitarios donde se pueda afrontar los malestares de manera colectiva…

Hace falta no perder de vista que sentir emociones, por complejas y difíciles de navegar que sean, no está mal, y, por tanto, no pasa nada si se decide no aplacar estas sensaciones o aprender a gestionarlas de diferentes maneras, del mismo modo que no es doliendo afrontarlo con estrategias que las “apaguen”. No hay de haber juicio ni vergüenza en ninguna de las opciones que elegimos para cuidar nuestra salud mental. Pero es importante tener la máxima información posible y un buen acompañamiento para poder tomar las decisiones que más nos cuiden.

¡En resumen!

Continúa siendo importando aplicar la perspectiva de género en general, y en concreto sobre los aspectos que tienen que ver con la salud mental, y específicamente sobre la ciencia y la medicina, para acabar con los sesgos de sexo y género y la visión androcéntrica del mundo.

En general, pero especialmente si tu opción pasa por los psicofármacos, siempre es una buena pensada buscar apoyo y acompañamiento profesional y no actuar por tu cuenta (automedicarse puede a menudo comportarnos más complicaciones que beneficios). Rodearnos de personas con sensibilidad, conocimiento y pericia puede ayudar a disfrutar de un mejor bienestar.

Y sobre todo, no estás sola, el malestar que vives no es una cuestión individual, a todas nos pasa y además hay todo de elementos externos a la individualidad que interactúan y nos atraviesan.